Una carta manuscrita puede decir mucho más que una larga relación de platos. En Lenteja cambia con frecuencia, se adapta a la temporada y a los ingredientes disponibles, y deja espacio para que los fogones avancen sin quedar atrapados en un repertorio inamovible. Detrás de esa aparente sencillez se encuentran Moisés Leránoz e Isabel Gabás, responsables de un pequeño restaurante de Castro Urdiales donde la experiencia, el criterio y la cercanía pesan más que cualquier tendencia.
Moisés se ocupa de la cocina e Isabel dirige la sala. Entre ambos han construido un proyecto muy personal, de dimensiones reducidas y con una identidad que no depende de una decoración llamativa ni de un concepto gastronómico excesivamente explicado. Todo se entiende alrededor de la mesa: sabores reconocibles, elaboraciones cuidadas y un servicio que acompaña con la medida justa.
Lenteja conserva el espíritu de una casa de comidas, aunque evita encerrarse en una definición demasiado estricta. En su propuesta pueden aparecer verduras de temporada, platos de cuchara, arroces, pescados, carnes o recetas vinculadas a la memoria familiar. Las elaboraciones cambian, pero permanece una misma manera de trabajar: respeto por la materia prima, dominio de la técnica y ausencia de elementos innecesarios.
Moisés Leránoz, una vida alrededor de los fogones
La trayectoria de Moisés Leránoz ayuda a comprender lo que sucede en Lenteja. El cocinero navarro se formó y creció profesionalmente en el restaurante Sarasate de Pamplona, un establecimiento histórico estrechamente ligado a su familia.
Su abuela, Julia Jaca, fue una figura fundamental en aquella etapa. También lo fue su madre, Manoli Aparicio, a quien se atribuye la creación, durante los años sesenta, de las célebres alcachofas con almejas. La receta surgió al sustituir el jamón por las almejas en una preparación de alcachofas y terminó convirtiéndose en uno de los platos más conocidos de la cocina navarra.
Aquel entorno familiar fue para Leránoz una escuela de recetario, producto y oficio. Su formación continuó junto a Martín Berasategui y se amplió con etapas en cocinas como Akelarre, antes de regresar al Sarasate. Allí asumió la dirección de los fogones y logró en 1992 una estrella Michelin.
Ese recorrido podría haber desembocado en un restaurante mucho más solemne, pero en Lenteja ocurre precisamente lo contrario. Moisés utiliza todo lo aprendido para cocinar con mayor claridad. La experiencia se percibe en los fondos, los guisos, los puntos de cocción y la capacidad para aportar profundidad a platos que, a primera vista, parecen sencillos.
No existe una voluntad de demostrar técnica en cada elaboración. El conocimiento permanece detrás del resultado y se pone al servicio del sabor. Esa contención permite que los platos conserven una apariencia cercana sin renunciar a la precisión adquirida durante décadas de trabajo.
Isabel Gabás, el equilibrio de la sala
El papel de Isabel Gabás resulta igual de importante para entender el funcionamiento de Lenteja. En un comedor de pocas mesas, la sala no puede limitarse a trasladar los platos. Cada recomendación, cada explicación y cada pausa influyen directamente en la experiencia.
Isabel dirige el servicio con cercanía y atención, sin caer en una presencia excesiva. Conoce una oferta que se transforma con frecuencia, explica las elaboraciones cuando es necesario y sabe interpretar el ritmo de cada mesa.
Su forma de atender aporta equilibrio a un restaurante donde las distancias son cortas y la conexión entre los fogones y el comedor resulta especialmente visible. Moisés e Isabel trabajan desde espacios diferentes, pero comparten una misma manera de entender la hospitalidad.
Esa coordinación permite que el servicio fluya sin rigideces. La personalidad de Lenteja no procede únicamente de lo que llega al plato, sino también del ambiente que ambos consiguen generar a su alrededor.
Una carta en movimiento
La carta manuscrita resume bien la filosofía del restaurante. No es un recurso decorativo ni una declaración calculada de informalidad. Es la consecuencia lógica de una propuesta que se organiza según la temporada, la disponibilidad de los ingredientes y las decisiones tomadas en cada jornada.
Algunos platos permanecen durante semanas; otros desaparecen y regresan más adelante. La selección puede ser breve, pero no resulta limitada. Su interés reside precisamente en esa capacidad para renovarse sin perder el hilo que conecta todas las elaboraciones.
No existe la obligación de mantener una receta porque haya funcionado bien ni de introducir novedades únicamente para llamar la atención. Cada plato ocupa su lugar mientras tiene sentido prepararlo.
Esa flexibilidad hace que cada visita pueda ser diferente, aunque el restaurante conserve siempre un lenguaje propio. Cambian los ingredientes y las preparaciones, pero permanecen la concentración de los sabores, el cuidado de los puntos y el gusto por una cocina que invita, ante todo, a comer.
Técnica, producto y sabor
El carpaccio de atún rojo, acompañado de tartar de remolacha y sésamo negro, combina la delicadeza del pescado con un contrapunto vegetal ligeramente terroso. La remolacha introduce frescura y un suave dulzor, mientras que el sésamo aporta profundidad sin imponerse sobre el ingrediente principal.
Los Piquitorris reflejan bien la forma de cocinar de Moisés Leránoz. Los pimientos del piquillo confitados se acompañan de crujiente de papada ahumada, reuniendo dulzor, grasa, intensidad y contraste de texturas. El plato parte de sabores conocidos, pero encuentra una expresión propia mediante una combinación bien medida.
El arroz meloso con almejas muestra la importancia que tienen los fondos en el trabajo de Moisés. El grano conserva el punto y absorbe el sabor marino de una elaboración profunda, equilibrada y sin excesos. No necesita grandes acompañamientos porque su principal argumento reside en la concentración conseguida durante la cocción.
Los tacos de chuleta al ajillo con salsa inglesa avanzan hacia registros más intensos. La carne se presenta jugosa y bien marcada, acompañada por una preparación directa en la que el ajo y la salsa refuerzan el conjunto sin ocultar el carácter de la chuleta.
Son cuatro platos diferentes, pero todos responden a una misma lógica. La técnica nunca desplaza al ingrediente principal y cada elemento cumple una función concreta dentro de la elaboración.
Dos maneras de terminar
A los postres, la tarta casera de chocolate y plátano mantiene el tono cercano del restaurante. La intensidad del chocolate se combina con el dulzor y la textura de la fruta en una elaboración golosa y reconocible.
El helado con fresas propone un final más fresco y ligero. El contraste de temperaturas y el protagonismo de la fruta permiten cerrar la comida desde un registro diferente, pero igualmente coherente con el resto de la propuesta.
También en el tramo dulce se percibe esa voluntad de no complicar aquello que funciona. Los postres son comprensibles, están bien ejecutados y permiten terminar la comida sin romper el tono general.
Una identidad que no permanece quieta
Lenteja demuestra que un restaurante no necesita repetir siempre los mismos platos para resultar reconocible. La identidad también puede encontrarse en una forma de seleccionar los ingredientes, preparar los fondos, ajustar los puntos de cocción y relacionarse con el comensal.
Moisés Leránoz aporta una trayectoria vinculada a la tradición familiar, a las grandes cocinas y a décadas de experiencia. Isabel Gabás convierte ese bagaje en una sala cercana, atenta y muy bien medida. Juntos han creado un espacio que se renueva sin perder el carácter que lo distingue.
En Lenteja, la carta puede no ser la misma de una semana a otra, pero el criterio permanece. Esa capacidad para cambiar sin desdibujarse explica que cada visita ofrezca nuevos motivos para regresar.
Porque la cocina de Moisés e Isabel nunca se escribe dos veces de la misma manera, aunque siempre conserve intactas las ganas de volver.
FECHA VISITA: 11.07.2026
🗺️ Arturo Dúo Vital, 17
39700 Castro Urdiales, Cantabria
☎️ 942 31 08 55
📸 @lenteja_casadecomidas
