En un territorio como Cantabria, donde la cocina actual sigue profundamente ligada al mar, al bosque y a la estacionalidad, mirar al pasado no es un ejercicio arqueológico menor: es, en cierto modo, una forma de entender el presente. En esa línea, la Universidad de Cantabria ha puesto el foco en los orígenes de la alimentación humana en el arco cantábrico a través de un proyecto que conecta directamente con la raíz más primitiva de nuestra gastronomía.
La iniciativa, liderada por el grupo de investigación en Prehistoria de la UC Evoadapta, se centra en analizar cómo se organizaban los recursos alimentarios en las comunidades prehistóricas del norte peninsular, especialmente en entornos como el litoral y las cuevas que hoy forman parte del paisaje cultural de Cantabria.
Entre el mar y la cueva: los primeros gestos gastronómicos
El estudio pone el acento en un aspecto clave: la relación entre el ser humano y su entorno como base de la alimentación. Mucho antes de que existiera el concepto de cocina tal y como hoy lo entendemos, ya había una gestión consciente del producto.
Los restos analizados evidencian el consumo sistemático de moluscos, peces y fauna terrestre, configurando una dieta diversa que se adaptaba al territorio. En enclaves costeros del Cantábrico, la recolección de marisco —lapas, mejillones o bígaros— no solo era habitual, sino que constituía una fuente estable de alimentación. Un gesto que, miles de años después, sigue definiendo buena parte de la identidad culinaria de la región.
Técnica, fuego y comunidad
Más allá del producto, el proyecto también aborda los primeros indicios de transformación de los alimentos. El uso del fuego, la manipulación de huesos o las huellas de corte en restos animales permiten entender que ya existía una intención técnica: asar, trocear, aprovechar.
No se trataba solo de subsistir, sino de optimizar los recursos disponibles. En ese contexto, aparecen los primeros patrones que hoy asociamos a la cocina: selección del producto, tratamiento y consumo compartido.
Porque si algo subraya la investigación es el carácter colectivo de la alimentación. Comer era ya entonces un acto social, un punto de encuentro en torno al cual se estructuraba la vida del grupo.
Cantabria en el mapa internacional de la investigación gastronómica
Uno de los aspectos más relevantes del proyecto es su proyección internacional. Parte de estos resultados han sido presentados recientemente en Japón, en el marco de un encuentro científico internacional centrado en la evolución de las prácticas alimentarias humanas, donde se han compartido avances sobre el estudio de la dieta prehistórica en el Cantábrico.
La presencia de la Universidad de Cantabria en este contexto sitúa al territorio dentro de un diálogo global sobre el origen de las prácticas alimentarias, compartiendo espacio con investigaciones desarrolladas en otros grandes enclaves prehistóricos. Más allá del ámbito académico, esta participación refuerza el valor cultural del patrimonio cántabro vinculado al uso histórico del territorio y a la alimentación.
En clave gastronómica, la lectura es clara: muchos de los principios que hoy articulan el discurso culinario contemporáneo —producto, proximidad, adaptación al medio— forman parte de un recorrido que se remonta miles de años atrás.
De la supervivencia al territorio
En un momento en el que la gastronomía contemporánea reivindica conceptos como producto local, sostenibilidad o cocina de proximidad, este tipo de estudios aportan una lectura interesante: esas ideas no son nuevas, sino inherentes a la propia evolución humana.
Cantabria, con su combinación de costa, valle y montaña en pocos kilómetros, ha sido históricamente un territorio privilegiado para esa relación directa con el entorno. Lo que hoy se traduce en anchoas, mariscos, carnes de pasto o huertas de temporada tiene un eco lejano en esas primeras formas de alimentación documentadas por la investigación.
Una mirada que conecta pasado y presente
Lejos de ser un ejercicio académico aislado, el proyecto de la Universidad de Cantabria contribuye a reforzar una idea cada vez más presente en el discurso gastronómico: la cocina es cultura, y como tal, tiene una historia que merece ser contada.
Entender cómo comían nuestros antepasados no solo amplía el conocimiento sobre la prehistoria, sino que permite contextualizar mejor la identidad culinaria actual del territorio.
Porque, en el fondo, muchas de las claves que hoy definen la cocina cántabra —producto, entorno y sencillez bien entendida— ya estaban presentes, de forma embrionaria, en aquellos primeros gestos alrededor del fuego.
