La casa de los hermanos Juan y Andrés Conde Laya reúne en Santander una cocina de raíces reconocibles y una bodega guiada por el conocimiento de los productores. Los platos de siempre conviven con otras influencias culinarias y con una manera abierta de entender el vino.

Una morcilla de Cigales y un rape con kimchi pueden compartir carta y explicar, cada uno a su manera, el carácter de un restaurante. En Bodega Cigaleña, esa convivencia permite acercarse a una casa que conserva sus referencias habituales mientras incorpora ingredientes y sabores de otras cocinas. La misma disposición se reconoce en su bodega, donde las regiones históricas comparten espacio con pequeños productores y procedencias menos conocidas.

Desde 1949, el establecimiento de la calle Daoiz y Velarde de Santander ha construido una relación estrecha entre cocina, vino y vida familiar. Los hermanos Juan y Andrés Conde Laya, tercera generación al frente de la casa, mantienen esa herencia con una propuesta en la que sigue habiendo espacio para probar, elegir y ampliar el repertorio. La visita de septiembre permite detenerse precisamente en esa combinación de permanencia y curiosidad.

El valor de saber elegir

Las botellas que ocupan paredes, estanterías y techos dan al comedor su atmósfera característica. Pero el interés de una bodega con más de mil referencias se entiende mejor al conocer el criterio con el que se ha formado.

Andrés Conde Laya, Premio Nacional de Gastronomía al Mejor Sumiller en 2021, ha desarrollado su conocimiento entre lecturas, viajes, viñedos y relaciones directas con elaboradores. Ese recorrido se traduce en una selección personal que reúne grandes añadas, pequeñas producciones, vinos naturales y etiquetas de territorios con distintos grados de reconocimiento.

La amplitud permite moverse entre estilos y procedencias, aunque es la recomendación la que ayuda a convertir tantas posibilidades en una elección concreta. Conocer al productor, comprender su trabajo y haber probado sus vinos aporta un contexto que difícilmente puede resumirse en una lista de nombres y precios.

En La Cigaleña, ese conocimiento se comparte en la conversación con el comensal. Hay espacio para regresar a una región conocida y también para dejarse orientar hacia otra botella. La bodega adquiere así su sentido en la mesa, cuando el vino se sirve, se comenta y acompaña la comida.

Fachada de Bodega Cigaleña en Santander
Mapa vitivinícola de España en Bodega Cigaleña, Santander

Clásicos, mercado y otras influencias

La carta de septiembre muestra una apertura semejante en la cocina. Un apartado dedicado a los platos emblemáticos reúne las anchoas del Cantábrico, las rabas, las croquetas de la casa y la morcilla de Cigales asada. Son sabores que forman parte de la memoria del restaurante y que siguen ofreciendo motivos para volver.

A su alrededor, la propuesta incorpora combinaciones de registros diferentes. Las almejas se acompañan de jengibre y hierba limón; el rape se saltea con kimchi y lima; y la presa ibérica encuentra en el curry rojo otra forma de expresión. Las referencias asiáticas tienen un lugar dentro de una carta que también conserva pescados de lonja, carnes y guisos.

El bacalao con pilpil de hongos o la merluza sobre escalivada con refrito a la bilbaína mantienen un vínculo reconocible con el recetario. El arroz con jabalí y boletus y el estofado de jabalí amplían la presencia de la cocina de fondo. La temporada interviene, por su parte, en propuestas como la ensalada de tomate y el tartar de bonito.

Esta variedad ofrece distintas maneras de organizar la comida y de relacionarla con el vino. Las preparaciones, los condimentos y los ingredientes permiten recorrer perfiles de sabor diferentes, un terreno especialmente fértil para una casa cuya bodega invita a explorar.

La mesa como punto de encuentro

La morcilla de Cigales asada y los pimientos rellenos de picaña formaron parte de la última visita. La primera mantiene una de las referencias más características del establecimiento; los segundos recuperan una preparación familiar y sitúan el interés en la elección de la carne del relleno. Ambos encajan en una cocina que se expresa mediante platos reconocibles.

El steak tartar de solomillo de vaca ocupa también un lugar en la carta, junto a elaboraciones que permiten compartir y combinar raciones según el apetito. Esa flexibilidad resulta valiosa en un restaurante donde la comida puede tomar caminos distintos en cada regreso.

Mantequilla de la casa de Bodega Cigaleña en Santander
Morcilla de Cigales asada de Bodega Cigaleña en Santander
Steak tartar de solomillo de vaca de Bodega Cigaleña en Santander
Pimientos rellenos de picaña de Bodega Cigaleña en Santander

Los quesos prolongan ese recorrido. La tabla denominada «km 1000», elegida en media ración en esta ocasión, tiene presencia propia dentro de la oferta y abre otro momento para la copa antes del cierre dulce con la tarta fea, uno de los postres característicos de la casa. Cocina, selección de producto y vino terminan encontrándose en una misma mesa, con la sobremesa como prolongación natural de la comida.

Tabla de quesos km 1000 de Bodega Cigaleña en Santander
Tarta fea de Bodega Cigaleña en Santander

Bodega Cigaleña conserva el atractivo de las casas a las que se vuelve con algunos sabores decididos de antemano. A esa familiaridad añade la posibilidad de encontrar un plato diferente o conocer una botella que todavía no se había probado. Después de tantas décadas, sigue habiendo motivos para sentarse y preguntar qué merece la pena tomar.

FECHA VISITA: 18.09.2026

Bodega Cigaleña
🗺️ Daoiz y Velarde, 19
39003 Santander, Cantabria
☎️ 942 21 30 62
🌐 www.cigalena.com
📸 @bodega_cigalena

BODEGA CIGALEÑA

Santander, Cantabria