Frente a la estación de Solares, en ese eje de paso donde todavía parece respirarse la memoria del antiguo balneario y del ferrocarril que transformó la villa, una casita blanca con porche de madera sigue custodiando una forma de entender la restauración que hoy resulta casi excepcional. Fundada en 1910 por la familia García Pedraja, Casa Enrique no solo figura entre los restaurantes históricos de Cantabria, sino que conserva intacta esa rara capacidad de transportar al comensal a otra época. Sus caricos, la casquería guisada y una bodega de fondo reposado forman parte de su prestigio, pero es, sobre todo, esa pátina de elegancia serena —con el comedor, las lámparas de araña, la vieja barra y el eco de varias generaciones familiares— lo que convierte cada visita en un pequeño viaje a través del tiempo.
Un tiempo en el que la casa de comidas era también memoria doméstica, oficio heredado y continuidad. Hoy, con Enrique García Martín como memoria viva del legado familiar; su hija Mercedes y su hermana Emilia manteniendo vivas las recetas familiares; y su mujer Merche junto a su otra hija, Isabel, al frente de la sala, Casa Enrique sigue siendo mucho más que un restaurante: forma parte del paisaje emocional y gastronómico de la comarca.
En Solares, en ese eje de paso que vertebra Medio Cudeyo y buena parte del entorno de Trasmiera, Casa Enrique ocupa uno de esos lugares que el tiempo ha fijado en la memoria gastronómica de la comarca. No es solo una impresión literaria: la casa, con más de un siglo de trayectoria desde 1910, forma parte del paisaje hostelero histórico de Cantabria. Más que una dirección de tránsito, se inserta en esa cocina del territorio que ha sabido permanecer fiel a sí misma y seguir teniendo sentido.
El restaurante responde a un modelo de casa clásica que hoy resulta casi patrimonial: comedor amplio, trato cercano, ritmo sereno y una experiencia sostenida en la regularidad más que en cualquier gesto. Hay aquí una idea de restaurante familiar que no necesita actualizar su relato porque sigue funcionando desde el oficio, la constancia y una manera muy reconocible de entender la mesa.
La propuesta se construye desde una lectura nítida del recetario cántabro. La cuchara ocupa un lugar central —con el carico montañés como una de sus señas más reconocibles— y a su alrededor se articula una cocina de sabor limpio, apoyada en el producto y en una ejecución precisa. Esa misma lógica alcanza a los pescados del Cantábrico, donde la merluza de anzuelo, las almejas en salsa verde o las distintas versiones del bacalao refuerzan esa idea de cocina reconocible, asentada en el producto y en el punto.
En el apartado de carnes, la casa se mueve igualmente dentro de un clasicismo bien entendido, con elaboraciones que apelan a la memoria gustativa del comensal: albóndigas de ternera en salsa con puré de patata, zancarrón “a nuestro estilo” o solomillo de vaca vieja de Cantabria. Todo responde a una carta construida desde la permanencia, donde cada plato parece ocupar el lugar que le corresponde.
Pero si hay un rasgo que define con especial claridad la personalidad de Casa Enrique es la presencia de la casquería, cada vez menos frecuente en las cartas contemporáneas y aquí integrada con absoluta naturalidad. No aparece como guiño ni como reclamo de singularidad, sino como parte viva de una manera de cocinar que conserva memoria y oficio.
La carta lo confirma con una amplitud poco habitual: sesos de cordero rebozados, callos al estilo de la casa servidos sobre patata panadera y huevo, lengua de ternera rebozada o en salsa de tomate casero, riñones de ternera al Jerez con arroz blanco y distintas versiones de mollejas de lechazo, tanto empanadas como salteadas con setas. Más que una rareza, esta sección explica por sí sola la filosofía de la casa: una cocina que entiende el producto en toda su amplitud, conserva la memoria del recetario y reivindica un oficio cada vez menos frecuente en la restauración contemporánea.
A ese discurso se suma una bodega amplia, pensada para la mesa reposada que define la experiencia del restaurante y que refuerza ese perfil de casa donde todavía se entiende la comida como tiempo compartido. En el tramo final, la Tupinamba —postre centenario y una de las elaboraciones emblemáticas del establecimiento— aporta un cierre con identidad, de esos que terminan fijando el recuerdo de la visita.
Casa Enrique responde, en el fondo, a un modelo cada vez más valioso dentro del panorama gastronómico actual: el de una casa que sigue teniendo sentido precisamente porque nunca ha dejado de ser fiel a sí misma. Producto, cuchara, casquería y oficio. En tiempos de cambio permanente, esa continuidad se ha convertido en su mayor singularidad.
FECHA VISITA: 28.03.2026
🗺️ Paseo de la Estación, 20
39710 Solares. Medio Cudeyo, Cantabria
☎️ 942 52 00 73
🌐 www.restaurantecasaenrique.es
📸 @casa_enrique
