La histórica confitería de Reinosa reúne pantortillas, rosquillas del Ebro, tortos y reinosas en un repertorio ligado a Campoo. Distinguida con la Placa al Mérito Turístico en 1979, Casa Vejo forma parte de esas direcciones que ayudan a comprender la gastronomía de Cantabria desde el obrador y el mostrador.

Hay recuerdos de un lugar que caben en una caja de dulces. Se compran antes de regresar, se llevan a una comida familiar o se abren al día siguiente, cuando el viaje ya ha terminado. En Reinosa, esa relación entre el sabor y la memoria tiene en Casa Vejo uno de sus nombres históricos. Sus especialidades pertenecen a una manera de conocer Cantabria que invita a detenerse ante un escaparate, preguntar por lo que se elabora en la casa y llevarse algo para compartir.

En la calle Mayor, Vejo reúne obrador, tienda y cafetería, tres espacios que explican su vínculo con la ciudad. El trabajo de elaboración, la venta de dulces y la posibilidad de sentarse a tomarlos conviven en un establecimiento al que pueden acercarse tanto quienes lo tienen incorporado a sus costumbres como quienes llegan a Reinosa por primera vez. Esa doble relación, cotidiana y viajera, ayuda a entender el lugar que ocupa una confitería histórica en la vida de una población.

Uno de los testimonios de su trayectoria es el diploma que la casa conserva de la Placa al Mérito Turístico en su categoría de bronce. Fechado en Madrid el 17 de mayo de 1979, el documento acredita la distinción otorgada por el Ministerio de Comercio y Turismo. Su interés va más allá del reconocimiento: permite recordar que establecimientos como Vejo llevan décadas contribuyendo al atractivo gastronómico de Cantabria.

Los dulces tienen mucho que ver con esa capacidad de llevar el nombre de un lugar a otras mesas. Una caja comprada en Reinosa puede terminar abierta a muchos kilómetros, acompañada de una explicación sobre la pantortilla o de la recomendación de volver a aquella confitería. El producto prolonga así la relación con la ciudad y convierte una compra en una invitación a conocerla.

Vejo forma parte de una cultura repostera con raíces profundas en Campoo. El comercio de granos y harinas entre Castilla y Santander, los molinos y el desarrollo de las industrias alimentarias integran el pasado económico de Reinosa. En ese contexto, la documentación histórica recoge anuncios de 1894 en los que el establecimiento de Nicanor García, fundado en 1850, ofrecía pantortillas y rosquillas del Ebro. Son antecedentes de una tradición local anterior a la trayectoria de Casa Vejo, que permite situar sus especialidades dentro de una historia más amplia.

Composición de una rosquilla del Ebro, una reinosa y dos pantortillas de Casa Vejo sobre fondo claro.

La pantortilla ocupa un lugar principal en ese repertorio. Sus finas capas de hojaldre de mantequilla y el azúcar caramelizado definen una de las elaboraciones más representativas de Reinosa. En Vejo sigue siendo una de las especialidades centrales, con esa combinación de fragilidad, crujiente y sabor a mantequilla que explica su atractivo. Bajo su apariencia sencilla hay un trabajo de masa y horno del que depende el resultado.

Junto a ella aparecen las rosquillas del Ebro, vinculadas al recetario familiar de la casa, y los tortos, pastas crujientes elaboradas con mantequilla y almendra. Son especialidades con entidad propia, que amplían el recorrido por la confitería y ofrecen distintas texturas para acompañar un café, completar una merienda o preparar un surtido para llevar.

Las reinosas merecen detenerse algo más por la singularidad de su elaboración. Según explica Casa Vejo, se preparan con hojaldre de mantequilla laminado manualmente y su primera fase de fabricación se realiza durante el invierno, aprovechando las heladas. Después permanecen un mínimo de tres meses en baúles de madera de chopo antes de su terminación en almíbar caliente. El procedimiento vincula el producto con el clima y con unos tiempos de espera que también forman parte del oficio.

Ese conocimiento da profundidad a lo que se encuentra al otro lado del mostrador. Detrás de cada especialidad hay decisiones sobre cómo trabajar una masa, cuánto dejarla reposar o cuándo terminarla. Mantenerlas en el repertorio permite que sigan llegando a quienes las conocen desde hace años y a quienes descubren por primera vez los dulces de Reinosa.

La aportación de casas como Vejo a la gastronomía cántabra se construye también en esos gestos cotidianos: elegir unas pantortillas, compartir unas rosquillas o llevar una caja de reinosas a una mesa familiar. El diploma de 1979 deja constancia de un reconocimiento. El obrador y el mostrador mantienen abierta la relación con la ciudad, cada vez que alguien entra a buscar el dulce que recuerda o pregunta cuál debería probar.