En noviembre, el corazón de Liébana vuelve a latir al ritmo del fuego y del cobre. Durante el segundo fin de semana del mes, la villa medieval de Potes se viste de tradición para celebrar su emblemática Fiesta del Orujo, reconocida como Fiesta de Interés Turístico Nacional desde 2012. Cada año, miles de visitantes se acercan a este rincón del valle para rendir homenaje a uno de los símbolos más antiguos y queridos de Cantabria.

Durante tres días, esta villa de piedra y montañas se convierte en un espectáculo sensorial: humo, música y el aroma del aguardiente recién destilado se entrelazan en un ambiente que mezcla orgullo, historia y celebración. No en vano, la Fiesta del Orujo, declarada de Interés Turístico Nacional, es una de las más singulares de la región y un auténtico ritual del otoño cántabro.

El alma del aguardiente lebaniego

El orujo de Liébana tiene una identidad propia, marcada por su método de elaboración ancestral. Mientras en otras zonas se emplean alambiques, en Cantabria se utilizan alquitaras de cobre, que permiten una destilación más lenta y pura, manteniendo la esencia de los hollejos de uva fermentados.

La celebración nació en 1984, impulsada por los propios vecinos y productores que quisieron recuperar la memoria de un oficio que había caído en el olvido. La fiesta quedó suspendida unos años —entre 1986 y 1993—, pero regresó con fuerza en 1994, cuando Potes obtuvo permiso para volver a encender públicamente las alquitaras. Desde entonces, el ritual del fuego se repite cada año como símbolo de resistencia cultural y orgullo local.

Cuando la tradición se destila en la calle

El momento cumbre de la fiesta llega con la destilación pública, un acto que resume la esencia de Potes: autenticidad, comunidad y pasión por el producto. Los orujeros calientan los restos de uva en las alquitaras ante la mirada del público, y el aguardiente comienza a brotar, cristalino, entre vapores y aplausos.

El licor se reparte entre los asistentes en pequeños vasos, acompañado de música tradicional, bailes y el sonido de las gaitas. La norma es clara: el orujo destilado durante el evento solo puede consumirse allí mismo, reforzando el carácter efímero y compartido de la celebración.

El honor del Orujero Mayor

Cada edición cuenta con la figura del Orujero Mayor, una personalidad del ámbito público o cultural encargada de encender las alquitaras y simbolizar el espíritu de la fiesta. Su proclamación, que se celebra el sábado al mediodía, es uno de los momentos más esperados del fin de semana.

El domingo, la entrega de la Alquitara de Oro pone el broche a un programa donde la música, la gastronomía y las tradiciones cántabras conviven con la hospitalidad de un pueblo que ha sabido conservar su esencia.

Un destino con sabor a fuego lento

Más allá del aguardiente, la Fiesta del Orujo es una invitación a descubrir Potes y la Comarca de Liébana, una tierra de paisajes imponentes, productos auténticos y gente que mantiene vivas las costumbres. Entre el sonido del río Deva y las calles empedradas del casco histórico, el visitante encuentra una experiencia que une cultura, gastronomía y emoción.

En Potes, el orujo no es solo una bebida: es una historia que se destila gota a gota, una tradición que sigue encendida en el corazón de Cantabria.

Canador del Capitán Potes Cantabria - Cocido Lebaniego Sopa
Canador del Capitán Potes Cantabria - Cocido Lebaniego

Dónde disfrutar del orujo y la gastronomía lebaniega

Quienes visiten la fiesta pueden aprovechar para recorrer algunas de las orujeras tradicionales de la comarca —como Picos de Cabariezo, El Coterón o Sierra del Oso—, donde se producen destilados de alta calidad que combinan técnicas antiguas y métodos modernos.

En el terreno gastronómico, la comarca ofrece una cocina de montaña contundente y sabrosa. Platos como el cocido lebaniego, la cecina, los quesucos de Liébana o las mieles artesanas son el complemento perfecto para acompañar una copa de orujo.

Y para completar la experiencia, nada como disfrutar de la hospitalidad rural de Potes, Cabañes o Camaleño, donde casas y restaurantes conservan la calidez de las cocinas de antaño, con productos locales y recetas transmitidas de generación en generación.

Porque en Liébana, el fuego no solo destila aguardiente: también cocina la memoria de un pueblo.