La Casa de las Mareas acogió una jornada dedicada a analizar la evolución del viñedo cántabro, la situación de sus dos indicaciones geográficas protegidas y los retos relacionados con la comercialización, la restauración, la innovación y el enoturismo.

El viñedo cántabro ocupa todavía una superficie modesta, pero durante las últimas décadas ha recuperado una presencia que parecía perdida. Nuevas bodegas, proyectos en territorios que habían abandonado el cultivo y un mayor conocimiento del comportamiento de la vid han ampliado un mapa que se extiende desde la costa hasta Liébana y alcanza también zonas como Valderredible o Suances.

Ese proceso centró el I Congreso del Vino de Cantabria, celebrado el 17 de septiembre en la Casa de las Mareas de Soano, en Arnuero. La cita, organizada por El Diario Montañés-Cantabria en la Mesa, reunió durante toda la mañana a cerca de una treintena de bodegueros, viticultores, técnicos, distribuidores, hosteleros y especialistas relacionados con el sector.

Bajo el lema «De la costa a Liébana. Tradición e identidad en cada copa», el encuentro abordó la situación del vino elaborado en Cantabria y algunos de sus principales desafíos: la dimensión reducida de las explotaciones, las dificultades del cultivo, la adaptación a las condiciones climáticas, la presencia en la restauración y la necesidad de acercar estas elaboraciones al consumidor local.

La apertura corrió a cargo de José Luis Pérez, de El Diario Montañés, y de José Manuel Igual, alcalde de Arnuero. Carlos Villar, director general de Bodegas Protos, analizó la coyuntura del vino en España, mientras que Pachi Aguilera, director general de CEOE-Cepyme Cantabria y responsable de su Oficina Agroalimentaria, presentó el trabajo desarrollado alrededor de la iniciativa Cantabria Brinda.

Un mapa vitivinícola en crecimiento

Buena parte del congreso estuvo dedicada a revisar la evolución de las dos indicaciones geográficas protegidas de la comunidad. La IGP Vino de la Tierra Costa de Cantabria estuvo representada por Carlos Recio, de Casona Micaela; Irene Rodríguez, de Hortanza; Asier Alonso, de Sel D’Aiz; Mikel Durán, de Vidular; Eva Sánchez, de Pago Casa del Blanco, y José Gabriel Quintanal, de Viña Carmina.

La presencia de estas bodegas permitió recorrer una franja geográfica amplia, formada por proyectos que comparten las dificultades propias de una viticultura condicionada por la humedad y la cercanía del Cantábrico, pero que trabajan sobre suelos, variedades y modelos de elaboración diferentes.

Junto a las bodegas con una trayectoria más prolongada, el programa reservó un espacio para proyectos emergentes de la costa cántabra. Jorge Cañizo presentó el trabajo de Viñedos de Isla; Juan de Miguel explicó la experiencia de Viñedos de Novales, y Edurne Sánchez intervino en representación de Bodega Liaño Sánchez.

La IGP Vinos de la Tierra de Liébana llevó el encuentro hasta una comarca históricamente vinculada a la vid. Javier Blanco, de Picos de Cabariezo; Ángel Moreno y Víctor García, de Sierra del Oso, y Roberto del Campo, de Bodega Cayo, abordaron la recuperación del viñedo lebaniego y las posibilidades de un territorio con unas condiciones muy distintas a las de la costa.

El conjunto de proyectos confirmó la diversidad del actual mapa vitivinícola de Cantabria. A la actividad desarrollada en la franja litoral y en Liébana se han añadido iniciativas en otros puntos de la región que están recuperando terrenos, prácticas y referencias históricas relacionadas con el cultivo de la vid.

El vino cántabro ante el reto de la hostelería

Uno de los bloques centrales estuvo dedicado a la presencia de los vinos de Cantabria en bares, restaurantes y hoteles. En el debate participaron Elvira Abascal, del restaurante El Nuevo Molino; Leticia Vila, de Lumen Faro Santander; Rodrigo Prieto, de Unicorn Wines; Antonio Casares, de la Escuela de Hostelería de Leioa, y Emérito Astuy, del Hotel Astuy.

El crecimiento del sector no depende únicamente de la calidad alcanzada dentro de las bodegas. También necesita una distribución eficaz, mayor presencia en las cartas de vinos y profesionales de sala capaces de explicar el origen y las características de cada elaboración.

La hostelería puede actuar como uno de los principales escaparates del producto regional. La incorporación de vinos cántabros debe partir de su calidad y de su encaje dentro de cada propuesta gastronómica, pero también del conocimiento de las bodegas y del territorio en el que trabajan.

El debate puso así el foco en una cuestión especialmente relevante: la necesidad de que el vino producido en Cantabria sea conocido y valorado dentro de la propia comunidad. La cercanía facilita ese vínculo, pero no lo garantiza si las botellas no llegan a los establecimientos o permanecen fuera de las primeras opciones del consumidor.

Ponentes sobre el vino cántabro y la hostelería en el I Congreso del Vino de Cantabria

Recuperar viñedos y explorar nuevos caminos

La segunda parte del congreso amplió la mirada hacia experiencias que podían servir como referencia para el sector cántabro. Rafael Blanco, presidente del Consejo Regulador de la Denominación de Origen León, explicó el proceso seguido para promocionar y fortalecer un sello de calidad vitivinícola de dimensiones contenidas.

La jornada permitió además conocer el proyecto de Camesía Bodegas del Alto Ebro en Valderredible, presentado por Guillermo y Gustavo Lucio. La historia de los vinos de Suances y los trabajos emprendidos para recuperar esa tradición fueron abordados por Pablo Oria, de la Universidad Europea del Atlántico, y Raúl Gómez Tresgallo, de Bodega Tresgallo.

La experimentación con variedades resistentes, el comportamiento de la viña ante las enfermedades y las condiciones climáticas, y la importancia del asesoramiento especializado ocuparon otro de los apartados del encuentro. Antonio del Campo, de Bodega Bahía de Santander, presentó el proyecto experimental desarrollado en este ámbito, mientras que Juan Manuel Torres, de Aregón, aportó la perspectiva técnica sobre el manejo del viñedo.

La elección de las variedades, la adaptación a cada suelo y el conocimiento agronómico resultan determinantes en una región donde el clima condiciona buena parte del ciclo de la vid. La continuidad de los proyectos pasa por interpretar correctamente cada terreno y reducir, en la medida de lo posible, la vulnerabilidad frente a las enfermedades y los cambios meteorológicos.

El enoturismo como forma de explicar el paisaje

El congreso también prestó atención al enoturismo, una actividad con recorrido en Cantabria. Eulogio Fernández, de Miradorio; Javier Blanco, de Picos de Cabariezo, y Antonio del Campo, de Bahía de Santander, compartieron sus experiencias alrededor de las visitas a bodegas y viñedos.

Para proyectos de pequeña dimensión, abrir las puertas de la bodega permite complementar la actividad productiva, mostrar el trabajo que existe detrás de cada botella y establecer una relación directa con el consumidor. El vino se convierte de este modo en una vía para interpretar el paisaje, la agricultura y la cultura de cada comarca.

Esta posibilidad adquiere especial sentido en una comunidad donde las distancias son cortas y los viñedos se distribuyen por entornos muy diferentes. Desde las parcelas próximas al Cantábrico hasta los valles interiores y las laderas de Liébana, cada proyecto ofrece una lectura distinta del territorio cántabro.

Ponentes sobre enoturismo en el I Congreso del Vino de Cantabria

Un espacio común para el sector

El director general de Pesca y Alimentacion de la Consejeria de Desarrollo Rural, Ganadería, Pesca y Alimentación del Gobierno de Cantabria, Paulino San Emeterio, fue el encargado de clausurar una convocatoria nacida con vocación bienal.

La principal aportación de esta primera edición estuvo en reunir dentro de un mismo foro a viticultores, bodegueros, técnicos, distribuidores y profesionales de la restauración. El congreso permitió mostrar la amplitud que ha adquirido el mapa del vino en Cantabria y relacionar el trabajo realizado en el viñedo con su posterior llegada al mercado y a la hostelería.

Cantabria ha recuperado una parte de su cultura vitivinícola y cuenta con proyectos repartidos por territorios muy diferentes. El siguiente paso será reforzar su visibilidad, mejorar su presencia en los establecimientos y conseguir que el consumidor conozca quién cultiva las uvas, dónde se elaboran los vinos y qué paisaje contiene cada botella.